
El fútbol es muy sencillo. Tanto como ver jugar al Valencia. Equilibras la zona defensiva y el centro del campo, pones a cuatro hombres talentosos arriba y hale, a jugar. Casi, casi lo que quiso hacer Onésimo Sánchez en su estreno como preparador en la máxima categoría. Su sueño. Rebuscó en su archivo mental algunos de los detalles que le dejaron en herencia técnicos como Maturana, Cruyff o Bilardo durante su carrera como jugador. Y los aliñó con su experiencia en el filial y en el Huesca. Dijo: la línea de cuatro. Y dispuso a Pedro López, Arzo, Nivaldo y Del Horno. Y los acompañó con dos destructores de largo recorrido como Borja y Lázaro. Y a partir de ahí, como diría el Atlético de Madrid, que se lo curren los de arriba. Es decir, Medunjanin, Canobbio, Sesma y Diego Costa. ¡Sus y a por ellos!
¿Qué falla, entonces, para que la diferencia entre el Valencia y el Real Valladolid sea tan abismal como se vio ayer? No es sólo una cuestión de planteamiento, entonces. Va más allá. Es de plantilla. Viendo a Mathieu se explica uno que no jugara Del Horno en el Valencia. Y viendo a Medunjanin como titular -otra vez- parece consecuente que el extinto Mendilibar le dejara para los últimos minutos, como medida de emergencia.
El problema es que la plantilla blanquivioleta, ahora que ha terminado el mercado de invierno, es la que es. Y con ella va a tener que lidiar para conseguir la permanencia. Siempre queda la excusa de que el Valencia es un equipo de la zona noble de la clasificación. Pero es que los males del Real Valladolid tienen las raíces mucho más profundas. Ver a Asier del Horno ceder un balón al portero en perpendicular a la línea de gol, o a Borja regresando hacia atrás perdiendo de vista el balón, se comprende que hay conceptos básicos que el Valladolid, o no maneja, o ha perdido. Y por ahí se marchan los encuentros.
Porque claro, una cosa es no saber ceder un balón al portero y otra muy diferente permitir que David Villa, ni más ni menos, remate sólo media docena de veces. Una de ellas fue para adentro, otra acabó paseándose por la raya de gol, otra en el poste y unas cuantas más en las manos de un espectacular Justo Villar. Y lo peor de todo: ésas solo son las ocasiones de Villa. Tan claras como ellas hubo otras cuantas a repartir entre Pablo Hernández, Silva y Mata, sobre todo Mata. El zurdo tuvo dos balones en boca de gol que echó fuera incomprensiblemente.
Riesgos inútiles
Es cierto que Onésimo pide a su equipo que no saque tantas veces en largo. Lo repitió hasta la saciedad en el entrenamiento del sábado, especialmente a Nivaldo. Pero de ahí a arriesgarse a perderlo una y otra vez en la frontal del área media un trecho. Y la defensa del Real Valladolid se equivocó por completo. Basta con ver la jugada del primer gol valencianista. Nivaldo permite que Villa le birle la cartera pegado a la línea de fondo, el delantero saca la pelota y Pablo mete el pase atrás, que le cae a Haris Medunjanin. El bosnio, en lugar de despejar, intenta hacer un control que le sale mal y le deja el balón muerto a Banega, en la frontal y con un espacio de tres metros a la redonda sin rivales. Para cuando Arzo y Pedro López tratan de tapar el disparo, éste ya está camino de la escuadra. Y todo eso en el minuto 7.
Como Onésimo tenía estudiado al Valencia, sin duda ya sabría que encajar un gol contra este equipo a las primeras de cambio equivale a caer en su trampa. Te dejan un poquito el balón y juegan como el gato con el ratón. En cuanto te descuidas, zarpazo. Te lo arrebatan y despliegan su espectacular capacidad para el contragolpe. Amarrados a un Banega libre y con mando en plaza, los valencianistas salen como tiros con desmarques rápidos e inteligentes. Silva, Mata, Villa, Pablo Hernández. Todos corriendo directos hacia el área rival, intercambiándose posiciones, desbaratando los planes de la zaga. Justo Villar saca así un disparo de Mata. Mathieu dispara alto en una jugada de estrategia, otra de las acciones marca de la casa. Así hasta que Banega, otra vez él, pone el balón al segundo palo para David Villa. Gol. No le acompañaba nadie. Total, ¿para qué? «Olvídate de Villa», le gritaba Onésimo a un defensor en el entrenamiento del pasado miércoles. Y se ve que se lo tomaron todos literalmente.
Falta de actitud
Si el 1-0 sirve para poner la trampa, el 2-0 da paso al espejismo. El Valencia da un pasito más atrás, regala algo de espacio y permite que el adversario respire. Sin que cree peligro, eso sí. En todo el encuentro. ¿Cómo es eso posible? Pues una vez más, la comparación da la clave. El Valencia roba y sus hombres de arriba salen lanzados como flechas al ataque. El Real Valladolid roba y Medunjanin, por ejemplo, sale andando. Tan despacio que Pedro López le adelanta como un obús. Tan lento que cuando quiere dar un pase profundo ya no tiene una sola línea sin tapar.
El bosnio es una metáfora de los males del equipo. Descolocado, descentrado, sin ganas, sin fuerzas, con los brazos caídos. Hace dos amagos, pisa un poquito el balón y pone un centro indecente. Fuego de artificio. Puf. Se desinfla, como el resto del equipo. El ardor del centro del campo se desmorona con dos toques del rival. Banega, Silva, Banega, apertura a la banda, zas. Ya está resuelto el frágil enredo blanquivioleta.La cuenta no sube del 2-0 porque Mata y Villa se han puesto las botas del revés. Pero eso tiene arreglo. Lo del Real Valladolid, con sus errores infantiles y su actitud desmoronada, resulta algo más complicado. Y cada vez queda menos tiempo.
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